Enseñanza para la diversidad. Inclusión/Exclusión

     La cuestión de la atención a la diversidad es un tema que se debate en la educación actual de manera continua y que aparece en los programas, libros, congresos como un concepto de moda a tener en cuenta para el éxito educativo.

     Sin embargo, lo que produce este término es lo contrario a lo que se pretende, puesto que el concepto “diversidad” refiere al otro con una distancia ejemplar, cuando el objetivo era integrar.

     En este sentido, si la educación trata la diversidad, lo que estaría logrando es homogeneizar, integrar a unos con otros borrando las diferencias. Y, si esto sucede, ya no existiría el otro, con la alteridad que lo identifica. Por lo cual, ya no se estaría integrando, sino excluyendo, que es lo contrario a lo que se pretendía llegar.

     En este sentido, la integración no es tal, puesto que no se incluye a la diversidad en su totalidad, sino que se integra, pero con cierto cuidado de no mezclarse demasiado, porque no se toleran en realidad las diferencias (de raza, de color, de nacionalidad, de cultura, de religión). Se pretende incluir, pero se excluye, lo cual engendra violencia. Es el caso de los niños con capacidades diferentes, a los cuales se los intenta incluir en el aula para que puedan trabajar con sus compañeros, pero al darles actividades especiales o al estar acompañado de una maestra especial-integradora, finalmente se los está diferenciando del resto; lo cual resulta en una exclusión escondida, puesto que se ve a ese alumno con una capacidad diferente como otro distinto que no puede trabajar junto a sus pares. De esta forma, las actividades que se piensan como inclusivas serían, en realidad, excluyentes, puesto que enfatizan la relación desigual entre los que son considerados “normales” y los que no siguen la norma social y escolar, en este caso, los niños con una capacidad diferente (antes llamados discapacitados).

     Cuando se habla de lo “anormal”, se hace referencia a una diferencia en las capacidades que presenta una persona comparándola con otra “normal”, es decir, aceptada en la sociedad. Pero si ya no existe el otro para compararse, entonces, la alteridad ya no existe. Esto lleva a pensar que es el hombre quien genera estos conceptos, creyéndose superior al resto. Y es esta situación la que origina la violencia: una persona denomina a otra inferior o “anormal”, porque se cree superior y se cree con el poder de separar a esa persona de los considerados “normales”. Es lo que sucede con las escuelas especiales, creadas para integrar a las personas que manifiestan una capacidad diferente, pero con la intención real de separarlos de la escuela normal, puesto que integrar en el verdadero sentido de la palabra sería mezclar a los diferentes –teniendo en cuenta que todos lo somos- en una misma escuela, para poder recibir todos la misma educación. Y eso no es lo que se logra en la educación actual.

     Sin embargo, esto no sucede sólo en el ámbito educativo, sino en todos los terrenos, inclusive en el político. Es el caso de políticos que para su campaña se sacan fotos con niños de la zona sur de CABA (Lugano, Soldati) diferenciándolos de niños de otros barrios, como Palermo, Recoleta, etc. Si lo que pretenden es incluir, integrarían en sus campañas a niños de distintas localidades o distintos barrios, pero lo que se está haciendo –con la intención de que las personas consideren que están integrando a los chicos de zona sur- es excluir, marcando una diferencia entre niños de diferentes barrios, porque estos políticos se creen que zona sur es inferior a zona norte, cuando la realidad es que todos los niños son iguales. Es esta diferencia la que marca el poder, generando violencia en los distintos barrios.

     En efecto, todo individuo necesita de un “otro” con el cual identificarse y distanciarse, marcando la alteridad una forma de sentirse poderoso, ya que al otro se lo puede ignorar, silenciar, excluir; sin el otro, el hombre no sería nada o sería uno más, no tendría poder. Porque, como expresa Skliar, “…sin el otro no seríamos nada (…) porque si el otro no estuviera ahí, sólo quedaría la oquedad y la opacidad del nosotros, la pura miseria nuestra, el propio salvajismo que ni siquiera es exótico…” (Skliar, 2002:23). Sin el otro, no seríamos nada, puesto que se necesita del otro para vivir, se necesita de la diferencia del otro para enfatizar nuestras habilidades y para reflexionar sobre nuestras carencias. Sin el otro, no tendríamos un espejo en el cual observarnos a nosotros mismos.

     Para concluir, se podría decir que la violencia que se pretende eliminar, se promueve aún más, mediante el discurso de inclusión que no se lleva a la práctica de manera concreta, sino que se pretende excluir al otro por ser diferente y no entrar en el código de la norma social establecida; al ser diferente, se lo deja afuera, a través de métodos que pretenden “en lo teórico”, incluir. Esta diferencia que se promueve desde todos los ámbitos sociales no hace más que generar violencia entre los que tienen el poder y los que no lo poseen, reproduciéndose en toda la sociedad.

Lic. Prof. Jimena Trippano

Bibliografía

Skliar, C. (2002). Alteridades y pedagogías. O… ¿y si el otro no estuviera ahí? Educación y Sociedades, 23(79), 85-123.